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Carta navideña a la mamá biológica de mi hijo

 

 

Querida mamá biológica de mi hijo,

 

Esta semana es Noche Buena, Navidad y ya no falta mucho para que termine el año. ¡Y qué año! Imagino que también tú has tenido que guardarte en casa y que el tiempo pudo haberte traído algunas inquietudes sobre ese bebé que dejaste ir hace 18 años. También, estoy segura, haz cruzado en la mente de nuestro hijo. De hecho, estuviste presente en más de un momento en nuestros días…

 

Como sabes, ese hermoso bebé que recibí en mis brazos el 27 de marzo, cumplió la mayoría de edad. En todos esos años nunca preguntó por ustedes, sus padres biológicos. Si lo conocieras sabrías que los cuestionamientos no sólo han rondado por su cabecita de rizos ensortijados, sino que probablemente le han abierto heridas, porque no es fácil comprender que las personas con las que has crecido como tus papás, no te engendraron y quienes lo hicieron, no te han visto jamás. Sin embargo, probablemente para no lastimarnos, a su papá y a mí, todo lo que pudo haberse preguntado, lo cayó. Si alguna vez le dije algo de ti y del enorme amor que le tenías para preferir que tuviera una vida holgada y llena de cariño, él contestó, amorosamente, que yo era su mamá aunque no lo hubiese parido.

 

Ahora que nuestro hijo terminó la preparatoria, se fue a vivir el sueño americano que tanto su papá biológico como el adoptivo deseaban para él. Se mudó en julio y comenzó ahí su nueva vida como norteamericano. Pero antes de partir, le pedí que se sentara a leer conmigo los documentos que nos entregaron al momento de adoptarlo. Por primera vez leí en voz alta la descripción física de ustedes y sus familiares. Sus habilidades, como el béisbol en el que destaca su papá biológico o tu predilección por hacer ejercicio, le hicieron sonreír. Escuchar de mi boca estas palabras tuvo un efecto que iluminó su mirada. Tenía una mamá y un papá, eran un par de jóvenes que se habían casado para tener a su bebé con la ley y la religión de su lado y, después, pensaron que no tenían la fuerza ni el valor para llevar a cabo ese plan. Eran, en suma, dos seres humanos, apenas un par de años mayores que él en ese momento. Escuchó con atención cada detalle y mientras yo pasaba de página a página revelándole su origen, él parecía crecer raíces y ramas que lo arraigaban a esta vida. Al final del documento le señalé los datos importantes para poder ubicarte, si así fuera su deseo. Primero, no quiso darle mucha importancia a mi declaración de que si anhelaba contactarte, contaría al 100% con mi apoyo y cooperación. Pero al día siguiente, probablemente después de haberse memorizado el contenido de esos preciados papeles, me dijo que sí quiere comunicarse con ustedes y contactarlos.

 

Cuánto me he preparado, emocional y psicológicamente para este momento. Espero no fallar como lo hice cuando me preguntó, siendo pequeñito, si había salido de mi panza. Para llegar a ese momento ya habíamos leído decenas de libros para niños que tocaban, de una manera clara o sutil, el tema de la adopción. Yo misma había devorado varios textos en donde se planteaba esta situación muy común en casi todos los niños, pero especialmente en los adoptados, y sabía que decirle. “No saliste de mi panza, pero creciste en mi corazón”, era mi respuesta preparada y totalmente sincera. Pero, llegado el momento, me acobardé: le dije que había salido de mi panza y él, tranquilo con la respuesta, siguió jugando como que nada, mientras yo me sentía una impostora, una traidora de mis principios, y de tu maternidad de nueve largos y angustiosos meses. Tanto me avergoncé, que esa misma noche busqué el libro más explicativo sobre el tema y le relaté como tú lo concebiste y le diste vida. Y yo había tenido el privilegio de entregarle todo mi corazón.

 

Total que no sé si, llegado el momento de buscarte y contactarte, les falle otra vez. Espero que no. Deseo estar ahí, junto a él, cuando ustedes se digan las primeras palabras o se miren después de estos 18 años. Pero si ustedes necesitan estar a solas, también me siento capaz de entenderlo, de dejarlos tranquilos para que recuperen lo que en tanto tiempo les habrá quedado pendiente.

 

Sé que cuando veas a nuestro niño, ya hoy un joven guapo y maravilloso, estarás tan orgullosa como yo de su bondad y buena disposición en la vida. No habrá manera de resumirte el gran sentido que él ha aportado a mi historia y a la de todos los que lo rodeamos, pero estoy segura de que a partir de ese instante colmará de bendiciones tu existencia.

 

A cambio de mi esfuerzo por tratar de ser valiente y ofrecerte mi corazón pegado al del nuestro hijo, te pido, querida mamá biológica, y espero no te incomode esta petición, que le muestres esas heridas que tanto duelen por haber renunciado a él, para que sepa que siempre hubo amor de por medio. Deja que las vea y ten la disposición de ver las suyas al sentirse abandonado, porque sólo entre ustedes podrán sanarlas a base de besos y promesas de amor eterno.

 

Él sabe que existes y te honra como lo he hecho yo por 18 años. Esta Navidad, como todas las que hemos pasado juntos, estarás presente en nuestro corazón. Pero que no quede duda que, por primera vez, has dejado de ser un fantasma. Ahora sabe del color de tus ojos, de tus sueños y de tu familia, que también es la suya. Sabe que existes y que estás ahí. Sabe que estoy aquí para ayudarlos a unir lo que por cuestiones superiores a tu amor, los hizo separarse.

 

Espero que esta carta al universo te encuentre sana, rodeada de tu familia y con el corazón preparado, pues es probable que muy pronto sepas de él. Está por terminar el 2020 y es probable que en breve aprendamos a quererte e intentemos enseñarte a que nos quieras.

 

Recibe un abrazo lleno de agradecimiento,

 

Lucy

 

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